Quién soy yo

Toda mi vida tuve autoestima baja. Mi primer recuerdo es con 11 años cuando mis amigas empezaron a llamarme bruta porque tenía mucha fuerza. Me sentía rechazada, incomprendida, sola, triste, rara… Me afectó tanto que me aislé de amigas y compañeras del colegio hasta el punto que mis profesores empezaron a preocuparse y llamaron a mis padres. Controlé mi fuerza para volver a ser aceptada pero ya nunca volví a ser la misma.

A partir de ahí siempre busqué la aprobación de los demás, no quería volver a sentirme rechazada otra vez y me dejaba llevar para sentirme aceptada y querida, aunque eso supusiera anularme como persona. Pero no funcionaba. Me sentía mal porque no era yo misma y hacía lo que los demás querían. Con el tiempo me sentía utilizada y rompía la relación y… vuelta a empezar. Así fui creciendo. Cambié de amistades más que de ropa porque siempre me sentía utilizada y que realmente no me querían. Me sentía insegura, vacía por dentro, sola, triste.

Conocí a un chico, con el que formé pareja durante más de 15 años, que ¿cómo no? también me utilizó y me hizo sentirme que yo era una basura. Pasé por varias depresiones en las que pensé que mi vida no tenía sentido, que era un bicho raro y debía haber algo muy malo en mí para no conseguir que nadie me quisiera. Lo único bueno que surgió de esa relación fue mi hija, el motor de mi vida.

Cuando rompí con mi pareja, empezaron nuevos problemas. Me encontré con una hija a mi cargo, hipoteca, sin trabajo y en plena crisis económica donde era prácticamente imposible conseguir un empleo ¡Menudo panorama! Pero tenía que sacar fuerzas porque mi hija era pequeñita y me necesitaba. No podía venirme abajo. Lo superamos trabajando en lo que surgía y con la gran ayuda de mis padres.

Cuando nació mi hija, me prometí a mí misma que ella tendría una autoestima sana. No quería que ella sufriera tanto como yo. La elogiaba cuando hacía algo bien, la animaba cuando salían las cosas mal, le decía cuales eran sus virtudes… todo lo que se “supone” hay que hacer, pero… no funcionaba. Mi hija era insegura y dudaba de su valía.

¿Qué estaba haciendo mal?

Después de mucho reflexionar lo vi claro: los niños aprenden del ejemplo y ¿qué ejemplo le estaba dando yo? Si quería ayudarla primero debía ayudarme a mí misma.

Comencé a mirar blogs, artículos, libros…. todo lo que hablara de autoestima. Ponía en práctica todo lo que aprendía y mejoré pero no era suficiente. Además, en cuanto me relajaba volvía a las andadas, no era duradero. Seguí buscando y así fue como encontré el coaching que cambió mi vida y la de mi hija.

Hubo dos cosas que me llamaron la atención de lo que se explicaba en este tipo de coaching:

  • No hay nada mal en mi
  • Hice lo mejor que supe en ese momento. Si hubiera sabido otra cosa hubiera hecho otra cosa

Sonaba muy bonito, pero… ¿era eso verdad?  No podía creerlo porque me rompía todos mis paradigmas. Siempre me juzgué muy duramente. Creía que todo lo hacía mal y me dejaba llevar por lo que pensaran los demás para no equivocarme otra vez. Y ahora me decían que no había nada mal en mí. ¡Suponía que había estado sufriendo durante todos estos años en vano! Decidí darle una oportunidad. No tenía nada que perder y sí mucho que ganar.

Descubrí que era verdad que no había nada malo en mí, que era yo la que lo creía así. Pero el que yo lo creyera no lo hacía cierto. Claro que me sentía poco querida pero es que si yo creo que no soy buena y actúo en consecuencia es eso lo que obtengo. Si yo no me quiero, ¿cómo me van a querer?.

 

Dejé de ser tan crítica conmigo. Si hice lo mejor que supe en ese momento no hay nada que recriminar. Eso fue como quitarme toneladas de peso de encima. Nunca sabes lo que pesa el reproche hasta que te deshaces de ello. Incluso me volví más segura, no dudaba tanto a la hora de tomar decisiones. Las tomaba por mí, no pensando en lo que preferirían los demás. Como no sentía que lo hacía mal, que no había consecuencias nefastas, me relajé y aprendí a disfrutar más.

Cuando aprendí a no juzgarme ,  me empecé a querer más, me sentí más a gusto conmigo misma, y  aprendí a no juzgar a los demás y mirarlos con otros ojos. Cambió mi actitud hacia ellos. Eso hizo que mis relaciones mejoraran muchísimo.

Las personas a mi alrededor se dieron cuenta de mi cambio y empezaron a tener una mejor relación conmigo. Me sentía más segura al ver la reacción de los demás y mi autoestima mejoró. Es un círculo. Cuanto más me quiero yo, mejor relación tengo con los demás. Cuanto mejor me relaciono con los demás más seguridad y más me quiero yo.

Mi hija, a la vez que yo, consiguió tener una buena autoestima y nuestra relación también ha mejorado. Incluso nos reímos hasta llorar de cualquier tontería. Eso no me pasaba a mi desde que era una niña y lo disfruto mucho.

Empecé a tener más paciencia conmigo y con los demás, a no tomarme las cosas tan personales. Todo esto me dio un gran bienestar, una paz interior que hasta ahora no había conocido. Hoy en dia me siento a gusto conmigo, con los demás, con mi entorno… disfruto muchísimo más incluso de pequeñas cosas. Al vivir más relajada puedo apreciar las pequeñas cosas que ocurren a mi alrededor que antes me pasaban desapercibidas y no las disfrutaba.

A veces me pregunto cómo fue el cambio y la verdad, no lo tengo muy claro. No fue un cambio brusco sino poco a poco, muy sutil. Pasaba desapercibido. Sólo lo notaba cuando me encontraba ante situaciones en las que veía que antes hubiera actuado de una manera completamente diferente. Así de natural fue el cambio, sin técnicas ni esfuerzo.